miércoles, 6 de julio de 2022

LA PRESENCIA DE LA MASONERÍA EN EL PROCESO INDEPENDISTA

General Patricio Lloret Orellana

 

1. El escenario político-militar  

Desde fines del siglo XVIII la Corona inglesa, a través de la Compañía de las Indias Orientales,realizaba planes que le permitan insertar sus productos y manufacturas en la sociedad hispanoamericana, luego de su fracaso en el mercado de América Central.

La guerra de la Independencia de España entre 1808 y 1814 dentro del contexto de guerras napoleónicas, enfrentó a las potencias aliadas de España, esto es, el Reino Unido y Portugal contra el primer Imperio francés, cuya pretensión era la de instalar en el trono español a José Bonaparte, hermano de Napoleón. 

Inglaterra, por su parte, se debatía entre dos objetivos contradictorios. El principal era, por supuesto, detener a Napoleón, y a estos fines España y Portugal eran los únicos aliados que Inglaterra tenía en Europa. Por otro lado, un clamor público demandaba, en Inglaterra, que la corona extendiera “sus conquistas al Nuevo Mundo, de modo de mantener un equilibrio”, que era importante desde el punto de vista militar y comercial.  

Napoleón había impuesto un bloqueo al continente europeo e Inglaterra se sentía en la necesidad de encontrar nuevos mercados cuanto antes. Hispanoamérica ofrecía la oportunidad más promisoria, pero los españoles se aferraban a su monopolio: estaban convencidos de que todo esfuerzo por preservar sus colonias de ultramar se volvería inútil si otras potencias quedaban en libertad de comerciar con esas colonias. Los revolucionarios americanos sabían que era esa resistencia española lo que más inquietaba a Inglaterra. Por lo tanto, ellos prometían libre comercio, y aun facilidades territoriales, a cambio de la ayuda militar que Inglaterra pudiera prestar a los movimientos independentistas. La oferta tentaba a Inglaterra, pero la necesidad de no irritar a sus aliados europeos frenaba toda acción práctica.

Hasta 1760, la defensa de América estaba a cargo de compañías independientes y de milicias poco instruidas, pero adecuadamente protegidas mediante una red de fortificaciones a lo largo de las costas. El principal enemigo era la piratería, pero para enfrentar ataques de ejércitos y armadas profesionales resultó ineficiente. La pérdida de la Habana y Manila llevó a la Corona española a revisar sus dispositivos y a organizar sus fuerzas de otra manera, especialmente en el Ejército, creando Unidades Peninsulares, Cuerpos Fijos y Milicias, y reforzando a la Marina y a las fortificaciones. 

A los combatientes nacidos en Hispanoamérica les bautizaron como americanos, y peninsulares a aquellos que formaban parte de las unidades que venían desde España. Combatieron unidos desde el momento en que se inició el proceso independista en América del Sur. Sus mandos estaban compuestos por personal de oficiales de la metrópoli o de cualquiera de otros escenarios ultramarinos españoles. Los peninsulares eran aquellos que se habían enrolado voluntariamente, que habían hecho de las armas su profesión, con largos años de servicio, disciplinados e instruidos. No faltaban las levas acuarteladas a la fuerza entre maleantes y vagabundos que propiciaban graves problemas disciplinarios. Se realizaban relevos periódicos pero su base se mantenía en Europa. En tiempos de paz instruían a las unidades locales. En caso de guerra se constituían de núcleo central alrededor del cual giraban dichas unidades. Llegó un momento en el cual España no disponía de suficientes efectivos que permitan mantener una guarnición permanente de tropas europeas en América, y el desplazamiento de relevo tenía un elevado precio tanto en dinero, como en bajas por las enfermedades durante el largo viaje.

Las fuerzas independistas, por su parte, en los diferentes países en que luchaban por su libertad, se fueron conformando de acuerdo a la disponibilidad de medios y al escenario en el cual tenían que actuar. Fueron aprendiendo de las victorias y derrotas que dejaba cada encuentro con el enemigo, y sus mandos se fueron formando en las fragorosas batallas por la libertad.

El dispositivo militar español, a lo largo de Hispanoamérica, variaba de acuerdo a la importancia política que tenían las capitales de cada región; es decir, virreinatos, audiencias, capitanías. En términos generales, la presencia de tropas europeas se situó en torno a dos batallones por virreinato. En los albores del proceso independista, en Nueva Granada había un regimiento de infantería con dos batallones; dos unidades tipo batallón en Panamá; un batallón en Quito. Venezuela contaba con un batallón en Caracas, tres cuerpos (Cumaná, Guayana y Margarita), y una compañía independiente.  Los Cuerpos Fijos, unidades organizadas casi siempre en las Indias, representaban las únicas tropas permanentes de que disponían las autoridades realistas. Se hallaban siempre sobre las armas y estaban en condiciones de actuar inmediatamente. Recibían sueldo e instrucción de forma regular. Su misión era la de rechazar un ataque del exterior lanzado desde el mar. Su principal componente era la artillería. 

Las Milicias, unidades compuestas por civiles designados por sorteo para recibir instrucción una vez a la semana, compensaban las deficiencias de los Fijos en cuanto al orgánico de la unidad. Fue poco popular. Una de sus principales ventajas era la de tener Fuero Militar. La charretera de oficial le daba importancia política y social.  Bolívar, inicialmente, fue un oficial de Milicias. Cuando se emplearon contra los independistas, se encontraban con personal de la misma nacionalidad. En la Audiencia de Quito, había únicamente unos cuatrocientos soldados de Infantería.

En cuanto a la especialidad de las armas, la Infantería era la única arma con la cual se realizaban los relevos. A principios del XIX no había unidades de Caballería en Ultramar, la Artillería apenas lograba conformar una compañía independiente y los Ingenieros carecieron de personal de tropa. Recién, al inicio de la campaña, se crea un Regimiento de Zapadores. 

En términos generales, el Ejército español en América no disponía de unidades peninsulares, y sus oficiales y tropa tenían una importante proporción de europeos en los Cuerpos Fijos. La ubicación de sus unidades estaba mayoritariamente en la costa, con la misión de enfrentar al enemigo que venía desde el mar. Las unidades ubicadas en la sierra, como Santa Fé, Quito, el Alto Perú y Santiago de Chile eran muy débiles y dedicadas a mantener el orden interno en su jurisdicción, a pesar de que la lealtad a la Corona era muy significativa en la población.

A partir de 1809 se agudizan los problemas económicos y sociales. Económicos, como la incapacidad de la metrópoli para seguir desempeñando el papel de principal interlocutor comercial de las Indias. En lo social, el resentimiento de los criollos por ocupar posiciones subalternas respecto a los europeos. Los principios de la Ilustración y de la Revolución francesa y americana calaron en el pensamiento de las élites locales, que fueron los motores de la emancipación.  La invasión napoleónica, la salida de la familia real hacia Bayona y la abdicación de sus derechos, produce un vacío de poder y el inicio de los movimientos emancipadores. La caída de la dinastía y su sustitución por una Junta Central no era aceptada por los americanos. Fernando VII disfrutaba de las simpatías de un número considerable de habitantes de América. 

En Quito, el 10 de agosto de 1809 tiene lugar el primer alzamiento independista en la Real Audiencia, que se traduce en la deposición del presidente Ruiz de Castilla y la constitución de una Junta Soberana, que lo hace “para conservar para el Rey legítimo y Señor natural esta parte de su reino”, y que esa Junta, “gobernará interinamente y a nombre y como representante de nuestro legítimo soberano del Señor Don Fernando. ”  Esta inusual fidelidad al Rey determina un largo plazo hasta alcanzar la independencia en 1822. A pesar de su corta vida, la Junta Soberana se constituyó en el primer gobierno autónomo en la América española.

La derrota de los españoles en Ocaña, a manos de los napoleónicos; la invasión de Andalucía, el colapso de la Junta General española, produce los primeros levantamientos importantes en Hispanoamérica, durante el año de 1810: el 19 de abril en Caracas, la rebelión de minorías; el 22 de abril en Charcas, el 22 de mayo, en Buenos Aires, el 20 de julio, en Nueva Granada; el 18 de septiembre, en Chile; y, el 2 de agosto de 1810, en Quito, en donde se produce la  deposición del presidente de la Real Audiencia, Ruiz de Castilla, y la formación de una Junta, fugaz por cierto, que devuelve el poder a Ruiz de Castilla, luego del alevoso asesinato de los precursores de la independencia en 1809. Los gobernadores realistas de Guayaquil y Cuenca, Cucalón y Aymerich, apoyados por tropas de Popayán, Pasto, Cali, enviadas por el virrey de Santa Fé, sofocan la sublevación quiteña.

De una gran trascendencia fueron otros dos sucesos: En julio, el viaje de Simón Bolívar a Londres, para solicitar los buenos oficios británicos y evitar que España reaccione ante el establecimiento de la Junta General en Caracas. Posiblemente fue el primer servicio a la causa independista; de otro lado, la llegada a Venezuela, en diciembre, de Francisco de Miranda. El general había servido en el Ejército español, combatiendo en sus filas durante la guerra de independencia norteamericana y en la Revolución francesa, en la que llegó al grado de general. Su regreso a la escena americana dotaba a los independentistas de un militar curtido en el servicio activo y de un revolucionario de talla. Con él y con Bolívar, la contienda adquiría un nuevo perfil.

En Santa Fe también se produjeron grandes novedades en Julio de 1810: Juan Sámano reconoce a la Junta conformada; se producen levantamientos en Pamplona, Socorro, Tunja, Casanare, Antioquía y Cartagena. Continúan fieles Popayán, Pasto, Santa Marta, que se convierten en sólidos reductos realistas. El ejército independista, de su parte, inicia una intensa actividad de organización, en base a las unidades virreinales que habían asumido el nuevo estado de cosas. Quito tampoco escapa al fervor independista, al producirse el movimiento del 2 de agosto de 1810.

2. La presencia de la Masonería 

Jorge Núñez nos habla de la presencia en Europa, de una Masonería revolucionaria, organizada por ciudadanos originarios de América, con la autorización de la Masonería de Francia. Estas logias que se reunían secretamente, estaban orientadas a la preparación de la independencia hispanoamericana. De aquí nace la logia “Madre Hispanoamericana”, fundada por Francisco de Miranda en París, en 1795. Diputados representantes de México, Perú, Chile, Nueva Granada, La Plata, Venezuela y Cuba firmaron el 22 de diciembre de 1797 un pacto de 18 puntos, como acta constitutiva de una agrupación externa o pública denominada Junta de Diputados de villas y provincias de la América Meridional, de la cual fue nombrado director, el general Francisco de Miranda.  En 1798, esta logia se trasladó a Londres y se constituyó como Gran Logia Hispanoamericana integrada por tres Logias operativas: Lautaro No 1, Caballeros Racionales No 2, y Unión Americana No 3. 

Como asociación consagrada a la Libertad, Igualdad y Fraternidad, portadora de ideas supranacionales y amparadas por el más estricto secreto, la moderna Masonería fundada en Londres era ideal para prestar asistencia indirecta a los revolucionarios hispanoamericanos. Eso no pudo pasar inadvertido a los masones británicos, entre los cuales había figuras de tanta prominencia como el Príncipe Regente, opuesto a la idea de que Gran Bretaña diera apoyo formal a movimientos subversivos en Hispanoamérica. 

El futuro Jorge IV había sido iniciado en 1787 por su tío Henry Frederick, Duque de Cumberland, en la Logia Príncipe de Gales. Por aquella época circulaba en Londres Francisco de Miranda, que crea la primera asociación política-secreta donde se iniciaron o afiliaron un buen número de futuros próceres sudamericanos. La casa, emplazada en 28 Grafton Street  fue el epicentro donde se gestó el plan para libertar América. Miranda había intentando desde 1791 persuadir a la Corona inglesa a que participe en la emancipación de América. Fueron patrocinadores de esta “Gran Reunión Americana”, además de Miranda, O’Higgins, Bello, Mariño, Rocafuerte , Olmedo y otros más.  Los dos más grandes libertadores sudamericanos, Simón Bolívar Palacios, y José Francisco de San Martín y Matorras, prestaron un juramento ante esta “asociación”, para hacer realidad la causa de la emancipación de Sudamérica, a pesar de que ambos paladines, tenían distintas personalidades, pero en ellos obraba la misma sagrada misión. En Madrid, España, se funda la filial de la “Gran Reunión Americana”, con la condición de llevar la denominación de “Junta de las Ciudades y Provincias de la América Meridional”, y en Cádiz, España, a iniciativa de Bernardo O’Higgins Riquelme, se crea otra, la que lleva el nombre de “Sociedad de Lautaro”. O’Higgins escogió Cádiz, para sus propósitos, por ser el puerto marítimo más frecuentado en aquella época, por los criollos americanos, logrando consolidar rápidamente su agrupación.

La mayor parte de historiadores ubica a la Masonería en América a finales del siglo XVII y principios del XVIII. La definen como “un sistema peculiar de moral, bajo el velo de alegorías y enseñado por símbolos”. Jaime Egas manifiesta que “llegar a la Masonería en concordancia con los símbolos de sus principios, implica una necesidad de conocer los orígenes de su historia”.   

Se habla de una “Masonería Regular” anglosajona, encabezada por la Gran Logia de Inglaterra, con un área de influencia en los países del Commonwealth británico, Estados Unidos, Iberoamérica y una parte de la Europa continental. Se habla de “Regular” para referirse a la que se atiene a una serie de reglas tradicionales emanadas de la antigua Gran Logia de Londres y Westminster. Una segunda corriente denominada liberal o dogmática tiene su principal exponente en el Gran Oriente de Francia, en África y también en Iberoamérica. Se distingue de la primera por el reconocimiento del carácter regular de la iniciación femenina. 

En ambos casos, se habla de una sociedad discreta, con algunos secretos propios del ceremonial masónico. Desde luego, hay historiadores que ven a la Masonería como una sociedad secreta. Personalmente creo que es discreta.

Frente a la historia política y social, la Masonería aparece dividida en dos grandes corrientes: una en la cual prevalece un aspecto espiritual, la búsqueda interior, la transformación de la conciencia y el acceso al conocimiento; por otro lado, la Masonería progresista, concebida como factor de cambio social, precursora de la democracia y de la fraternidad.  Pese a su irrupción en el ámbito político, las Grandes Logias niegan su responsabilidad política institucional.

En el ámbito regional se habla de Chile, en donde la Masonería comenzaría a gestarse desde los albores de la guerra independista, a través de la Logia Lautarina fundada por Francisco de Miranda, en Londres, en 1797, con la finalidad de llevar adelante la revolución independista de Hispanoamérica, a la cual se unieron Bernardo O’Higgins y José de San Martín. 

En nuestro país la Masonería estuvo y está hermanada a la historia de la Nación, desde el inicio del proceso independista en Latinoamérica, con Eugenio Espejo en la Logia “El Arcano sublime de la Filantropía”, de Bogotá, también conocida como “La Tertulia Patriótica”, constituida en los años ochenta del siglo XVIII, en la cual asoman, entre otros, Nariño, Francisco Zea, José de Caldas, Jorge Lozano, Manuel Restrepo. 

Junto al Marqués de Selva Alegre, con Morales, Salinas y su hermano el cura Juan Pablo Espejo, se dice que fueron autores de los pasquines y banderillas de libertad republicana que amanecieron puestas en las esquinas de la ciudad. Su ingreso a la Masonería habría ocurrido en 1789, con la constitución de la primera logia denominada “La Escuela de la Concordia”.  

Tras la muerte de Espejo, Juan Pío Montúfar quedaría a cargo, para posteriormente convertirse en la primera logia masónica fundada en nuestro país, de nombre “Ley Natural” que funcionó bajo los auspicios de la Potencia Masónica de Nueva Granada. En ella estaban personajes importantes como Manuel Quiroga, José de Ascázubi, José Jerez, Manuel Rodríguez, José Vélez, entre los más importantes. Se convirtió en una verdadera academia del pensamiento patriótico local, donde la élite intelectual del centro quiteño, estimulada por la crisis y la sobreexplotación colonial, logró desarrollar una avanzada conciencia sobre el destino histórico de su país.   

Otros nombres importantes en la Masonería ecuatoriana están: Juan Pio Montúfar, Carlos de Montúfar y Larrea, José Mejía Lequerica, Pedro Moncayo y Esparza, Francisco de Paula Lavayen, Vicente Rocafuerte, José María Urbina, Francisco Robles, Juan Montalvo, Luis Vargas Torres, José Peralta. Anteriores: Antonio José de Sucre, José Antonio Páez, Rafael Urdaneta, Francisco de Paula Santander, José de San Martín, Antonio Nariño, José María de Antepara, muy cercano a Bolívar, todos ellos, aportaron a la Real Audiencia, una alternativa de pensamiento libre frente al cerrado monopolio ideológico del sistema colonial. 

La intolerancia ideológica impuesta por la iglesia no permitía el conocimiento de una concepción diferente del pensamiento; de allí que, la Masonería en tierras hispanoamericanas nació y creció como una hija ilegítima y prohibida, propuesta por ciudadanos a los cuales había llegado el fermento de la libertad, dando lugar a que la Masonería americana en especial la hispanoamericana se viera obligada a mantenerse oculta, secreta y políticamente activa contra los totalitarismos, fueran estos seglares o eclesiásticos.

Ante Miranda juraron entregar sus vidas por los ideales de la Logia Americana: Bolívar, San Martín, O’Higgins, Montúfar, Rocafuerte, Nariño, entre otros. O’Higgins fundaba en Cádiz, en 1801, la Logia revolucionaria Sociedad de Caballeros Racionales de Cádiz No 4.  De esta Logia se derivaron las denominadas lautarinas que se establecieron en Santiago y en Guayaquil (“Estrella de Guayaquil”). En la Logia guayaquileña se preparó la independencia del puerto, con el nombre de Fragua de Vulcano.  Allí estuvieron los masones León Febres Cordero, Luis Urdaneta y Miguel Letamendi.

3. El 2 de Agosto de 1810.

Fue el epílogo de una revolución que fue desarticulada por el poder político implementado en la Colonia y se constituyó en el punto de partida de la Independencia de América Latina. Ruíz de Castilla entregó a dos hombres de su confianza, Landáburu y González, la misión de contactar a los quiteños más decididos por la causa republicana para inducirles, poco a poco, al asalto de los cuarteles con el fin de liberar a los presos del 10 de agosto de 1809, amenazados de muerte segura. El objetivo del gobierno era crear un motín o apoyarlo para que suceda, a fin de aprovecharlo de inmediato y liquidar a los presos a puerta cerrada, y después, sacar las tropas a las calles para que pusieran en orden al pueblo.

El cuartel del Carmen fue atacado por un grupo de conjurados —se dice que fueron ocho—, que mataron al centinela, se armaron y pusieron en libertad a los detenidos. Juntos avanzaron al cuartel Real de Lima, al cual entraron. Landáburu y González cerraron las puertas del cuartel, en cuyo interior se desarrolló una lucha entre oficiales y asaltantes. Estos lograron romper los grillos de los presos, al tiempo que el comandante del cuartel Santa Fe ordenaba la destrucción del muro que los separaba del Real de Lima e ingresaba con su personal a matar a prisioneros y asaltantes, como sucedió en efecto.

La masacre fue general. Uno solo logró salvarse: el ambateño Mariano Castillo. Fueron cruelmente asesinados los gestores del movimiento independista quiteño del 10 de agosto de 1809: Juan de Dios Morales, Juan Salinas, Nicolás Aguilera, Juan Pablo Arenas, José Luis Riofrío, Juan Larrea y Guerrero, Atanasio Olea, Manuel Rodríguez de Quiroga, Francisco Xavier Ascázubi, Mariano Villalobos, Vicente Melo, Manuel Cajías, Carlos Betancourt, José Vinueza y N.N. Tobar. Testigos del brutal acto fueron las hijas de Quiroga y la mujer de Larrea, quienes, vilipendiadas, lograron escapar. Los barrios de Quito se levantaron a combatir con las tropas que, una vez terminada la matanza a puerta cerrada, salieron a las calles a poner orden a sangre y fuego, y luego, a saquear la ciudad. El recuento de muertos en la calle superó los doscientos, de uno y otro bando. 

Ruíz de Castilla alcanzó la celebración de un cabildo abierto al que asistieran autoridades y pueblo, debidamente resguardado por los militares. En medio de severas advertencias, el gobierno ofreció terminar el juicio contra los revoltosos —como si estos existieran—, declararlo secreto y sepultarlo en los archivos, además de la prohibición de que se hablara sobre los crímenes del Dos de Agosto, ni que se hiciera investigación alguna sobre aquello. Se ordenó la salida de las fuerzas limeñas, se prohibió acudir más a fuerzas extrañas al vecindario de Quito y levantar de su seno las tropas que fueran necesarias. Se ordenó que todos los vecinos, encartados o no en el proceso, vuelvan tranquilamente a sus trabajos, a sus hogares y a su posesión de bienes. En ese bando, debía decirse, además —y en la forma más clara— que jamás el gobierno de Quito se había opuesto a la venida de Carlos Montúfar, ni que había realizado gestión alguna para retardar la llegada del Comisionado Regio de la ciudad.

Las consecuencias

Ante tamaña ofensa a la verdad de los hechos producidos el Dos de Agosto, los habitantes de las villas cercanas a Quito, sobre todo de Riobamba, se aprestaron a la guerra civil formando unidades, tanto de a pie como de a caballo. Las autoridades del Virreinato dispusieron la movilización de tropas desde Panamá para relevar a oficiales y tropa del Perú. Ruíz de Castilla convocó a un nuevo cabildo, con objeto de formar una Segunda Junta de Gobierno autónoma para desconocer al Comisionado Regio. Pidió a Guayaquil y Cuenca refuerzos de personal y material, a pesar de que en el cabildo anterior fue expresamente prohibido.

El 12 de septiembre de 1810, luego de salvar innumerables dificultades para trasladarse desde Cartagena a Quito, dificultades creadas por Ruíz de Castilla, Carlos Montúfar llegó a la capital de la Real Audiencia. El 19 de septiembre se hacían conocer las principales decisiones tomadas en la reunión con el Comisionado Regio, entre ellas: reconocer al Consejo de la Regencia siempre y cuando el rey de España regrese a su trono; caso contrario, los súbditos quiteños tendrán derecho a gobernarse por sí mismos. Conformar una Junta Superior de Gobierno compuesta por Ruíz de Castilla, Montúfar y el Obispo de Quito y hacer las designaciones del cabildo por elección directa, secreta y libre, en juntas barriales o en el palacio episcopal. La carrera política de Ruíz de Castilla estaba llegando a su fin.

El 9 de octubre de 1810, la Junta en una sesión especial, se declaró separada del Virreinato de Santa Fe y constituida en unidad política plena, con carácter de Capitanía General. El 11 del mismo mes se declaró la autonomía con respecto al Consejo de la Regencia de España, la misma que se haría pública el 11 de abril de 1811. En esos mismos días fue designado Presidente de la Real Audiencia el brigadier Joaquín Molina de Zuleta, jefe de la escuadra del Callao.

CONCLUSIONES

La Ilustración, de la cual formaron parte las nacientes Logias masónicas, tuvo una importancia decisiva, antes, durante y después del proceso revolucionario de Quito. A la idea independista se sumó una cadena de factores: la crisis económica, la mala conducción política de los gobernantes de la Real Audiencia, la expulsión de los jesuitas, el menosprecio a los criollos. Y lo peor: la masacre de los próceres llevada a cabo el 2 de Agosto de 1810. La derrota de la revolución quiteña liquidó el desarrollo del proceso autonomista.

La Independencia fue una revolución en la cual pesaron más las rupturas que las continuidades. Provocó transformaciones importantes, entre ellas, la participación popular, aquella que hoy en día la estamos perdiendo frente a la utilización indiscriminada de una tecnología digital, encargada de llevar información dejando de lado el pensamiento.


Conferencia presentada a los miembros de las logias masónicas “Rumiñahui” y “2 de Agosto”.


Bibliografía:

Desde el Andamio. Revista de la Gran Logia Equinoccial del Ecuador. No 35 y 36. Ediciones Continente. Mayo de 2019 y 2020.

Huerta Montalvo Francisco. Los libérrimos solidarios y filantrópicos masones del Guayas. Desde el Andamio. No 36

La masonería ecuatoriana entre el poder y la acción contestataria. Puente Hernández Eduardo. Desde el Andamio. No 36. 2020.

Apuntes históricos de la Gran Logia Equinoccial del Ecuador. Egas Daza Jaime. Desde el Andamio. No 36

Masonería en Cuenca. Jimbo Córdova Aquiles. Desde el Andamio. No 36

Albi de la Cuesta Julio. El Ejército español en las guerras de Emancipación de América. Banderas Olvidadas. Junio 2019.


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