domingo, 3 de julio de 2022

DE LA INDEPENDENCIA AL NACIMIENTO DE LA REPUBLICA


Gral. Patricio Lloret Orellana

Desde principios de la década de 1990, la guerra y los soldados han atraído el interés de historiadores en una medida difícilmente concebible unos años antes. Según Omar Bartov, historiador israelí, la Historia Militar había “cobrado, sobre todo después del final de la II Guerra Mundial, la fama de una empresa algo dudosa, y todo aquél que se ocupase de ella era menospreciado a menudo como un estudioso de segunda categoría, más interesado en la descripción de heroicas batallas que en la investigación histórica seria” es decir, en una Historia Militar orientada hacia la praxis educativa, con métodos y teorías sobre cómo, por qué y en qué medida se dan los hechos históricos en determinados lugares y no en otros.

A inicios del siglo XXI se fue borrando la distancia que existía entre la historiografía y la Historia Militar. La guerra como acontecimiento histórico, la violencia bélica como práctica social y cultural, el Ejército como formación política, social y económica, y el militarismo como ideología de masas son fenómenos que ya forman parte habitual del temario de seminarios y asignaturas en las universidades. La relación Ejército y Sociedad pasa a ser objeto de obras publicadas por personajes de la política nacional; entonces, la Historia Militar comienza a ver a las Fuerzas Armadas no solo como una institución, sino como un factor en la vida económica, social y pública, a más de su poder armado como una fuerza política. Parecería útil concebir la Historia Militar como una Sociología histórica de relaciones organizadas de violencia, así como el resaltar en este sentido la constitución específica de fuerzas armadas, tanto en la guerra como en la paz. 

Visto de esta manera, el conocimiento de la Historia Militar se constituye en un pilar fundamental de la conducción estratégica y pasa a ser materia obligada de estudio para quienes, desde los diferentes estamentos del mando, tienen que conducir a la institución militar en general, y a las operaciones militares cuando se presenten. Desde la Academia Nacional de Historia Militar hemos venido insistiendo, permanentemente, en la necesidad ineludible de recuperar la enseñanza de la historia en las fuerzas armadas, la misma que fue abolida, intencionadamente, por la revolución ciudadana. Su recuperación no es un tema legal, como si lo son, aquellas que atentan a la disciplina, a la ética, a la moral, que hasta la presente fecha siguen afectando a la institución militar. La recuperación de la enseñanza de la historia en los centros de formación y perfeccionamiento de las fuerzas armadas está en manos de sus comandantes.

El título de este ensayo contiene un largo camino construido por la síntesis natural de tendencias y de acontecimientos, de personajes y de grupos humanos identificados con los fines que se perseguían. Siendo, cada uno de ellos, eventos muy importantes en la configuración de los hechos históricos que hicieron posible el nacimiento del Estado ecuatoriano, trataré de poner en su consideración el resumen de lo más importante de cada uno de ellos. 

Quito celebró la victoria de Pichincha con el alborozo que es de suponer, luego de doce años de resistencia. Sucre consiguió que el vecindario firmara el acta de independencia y de anexión a Colombia, acatando la carta constitucional de Cúcuta. El acta se firmó en cabildo abierto, el 29 de mayo de 1822. Había concluido la emancipación de la Real Audiencia de Quito, y se había convertido en el Departamento del Sur, al incorporarse a un organismo federativo y acatar preceptos de una nueva forma de Estado y de gobierno. Cuenca se había adelantado y había firmado la Carta de Cúcuta, el 11 de abril, luego de que el general Sucre convocara a plebiscito para que el pueblo resolviese su ingreso. Quedaba por resolverse el problema de Guayaquil en donde había la pugna de tres corrientes: la colombianista popular, la independista de Olmedo y la peruanófila de Jimena y Roca. Las dos últimas lanzaron una proclama “Confianza en los destinos de Guayaquil, reposando bajo la sombra del opulento Perú y de la heroica Colombia”.

La respuesta de Bolívar fue inmediata e hizo relación sobre el derecho de Colombia sobre Guayaquil. Se retiraron airados los miembros de la Junta y los representantes del Perú. Al siguiente día se leía un bando en la ciudad: “Su excelencia el Libertador ha tomado la ciudad y provincia de Guayaquil bajo la protección de Colombia. Las antiguas autoridades han cesado en sus funciones políticas y militares”. Olmedo, Jimena y Roca buscaron refugio en el Perú. El 30 de julio se reunía el Congreso, y por unanimidad se proclamaba la incorporación de Guayaquil y su distrito geográfico a la Gran Colombia.

La entrevista de Bolívar y San Martín

El 25 de julio llegaba San Martín a Guayaquil. El día 28 se embarcaba de regreso al Perú. Lo tratado fue revelado por Bolívar al gobierno de Bogotá, al general Sucre y al general Santander. En la política discrepaban los dos generales. San Martín buscaba instaurar un régimen monárquico constitucional. Creía-dice José Acedo Castilla- que llevar al gobierno a los más incultos y darles preponderancia, era un desastre político; Bolívar defendía un gobierno constitucional. Un segundo tema estaría orientado a la forma como Bolívar, su ejército, el gobierno colombiano apoyarían la campaña de liberación definitiva del Perú. Cartas posteriores demostrarían que San Martín no tuvo la intención de comandar las tropas peruanas, dejándole toda la responsabilidad a Bolívar. El tema limítrofe entre la Gran Colombia y el Perú no fue tratado a fondo, por carecer San Martín de poderes para ello. Sería el origen de las disputas y situaciones bélicas difíciles de esquivar, como ocurrió muy pronto en Tarqui y terminó-esperemos que sea así- con la guerra del Cenepa en 1995. 

Con la retirada de San Martín, la causa independentista perdía a uno de sus más distinguidos dirigentes. Libertador de Chile y de una parte del Perú, creador del excelente instrumento que fue el Ejército de los Andes, responsable de la maniobra genial que le llevó de Mendoza a Lima, pasando por Chacabuco y Maipú. Sin él, las campañas emancipadoras podrían haber tomado un rumbo distinto.

La batalla de Junín 

Junín es la última batalla que conduce Bolívar. El ejército español fue vencido, más no aniquilado. El Congreso peruano había designado a José Bernardo Tagle como presidente de la República, en febrero de 1823, poder que mantuvo unos meses hasta que, el mismo Congreso, concedió a Bolívar poderes dictatoriales a partir del 10 de febrero de 1824. En agosto se inicia los preparativos de la batalla y se concentran las tropas en la región de Quillota, Rancas, y Sacramento. El ejército contaba con ocho mil hombres organizados en tres divisiones: la primera al mando del general Jacinto Lara; la segunda al mando del general José María Córdova y la tercera comandada por el general José de la Mar. La caballería estaba al mando de Mariano Necochea y llevó el centro de gravedad de la batalla; en realidad, Junín fue un encuentro entre caballerías: 900 plazas de los patriotas y 1.300 de los realistas. En la caballería de los patriotas estaban los gauchos argentinos, los guasos de Chile y los llaneros de Colombia.

La batalla se desarrolló en la pampa de Junín, también llamada la Meseta de Bombón, en el centro del Perú, a orillas del lago Chinchaycocha, situado a cuatro mil metros de altura. Al mando de sus respectivos ejércitos estaban Simón Bolívar y José de Canterac. Canterac nacido en Francia en 1786 inició su carrera en el arma de artillería, pasando luego a la caballería, en la cual sirvió durante la guerra contra Napoleón. Llegó al virreinato del Perú en 1818 con el grado de brigadier. Fue nombrado Jefe del Estado Mayor General del Ejército en reemplazo del mariscal José de La Mar. Junín será un ejemplo de como conducir en la batalla al arma de caballería. La doctrina decía que el combate se resolvería a favor del bando que mantenga la última unidad formada y controlada, y en Junín esta fue independista. El combate duró 45 minutos utilizando exclusivamente las armas blancas. Canterac tuvo que retroceder hacia el Cuzco luego de su derrota.  

La batalla de Ayacucho

Por disposición del Congreso de Colombia dejó Bolívar el mando del ejército, justamente en la hora más difícil de la campaña. Será Sucre, general en jefe del Ejército Unido desde el 13 de febrero de 1824, quien asumirá la responsabilidad de conducir una empresa que no concluirá en Ayacucho sino en la liberación de las provincias argentinas del norte y la fundación de Bolivia. En Ayacucho, conocido como “Rincón de los Muertos”, Sucre despliega a sus tropas. A la derecha, la División de Córdova, cerca de él, en reserva, formó la División de Lara, a la izquierda Lamar. La División del Perú estaba apoyada por dos escuadrones de Húsares de Junín; y como reserva, los Húsares de Colombia, los Granaderos del mismo nombre y los Granaderos de los Andes. La única pieza de artillería estaba emplazada entre Córdova y Lara. Un total aproximado de seis mil hombres se enfrentaban al ejército realista que alcanzaba a los 9.300 combatientes. Canterac, y el mismo virrey La Serna, dirigían las fuerzas del rey. 

Sucre fue quien eligió el terreno de lucha y el inicio de la batalla. A las 10 de la mañana, del 9 de diciembre de 1824, se encontraron los dos ejércitos. Momentos antes, en los preparativos, se habían vivido momentos de pleno entusiasmo. Así lo afirma Sucre en el parte oficial: “Al reconocer los cuerpos, recordando a cada uno sus triunfos, sus glorias, su honor y su patria, los vivas al Libertador y a la República, resonaban por todas partes. Jamás el entusiasmo se mostró con más orgullo en la frente de los guerreros”. En la mañana del 10 de diciembre, Canterac firmó las capitulaciones de Ayacucho. Fernando VII firma, en junio de 1827 una orden mediante la cual suspende, con arreglo a las leyes militares, de sus empleos y cargos, a todos los generales, jefes y oficiales que asistieron y capitularon en Ayacucho.

A raíz de la victoria, el ejército, a órdenes de Sucre, era el mayor de Sudamérica. Había quedado a sus órdenes un inmenso territorio, conocido con el nombre de Alto Perú. Bolívar había resuelto convertir todo ese territorio en una gran nación y los Libertadores la habían bautizado como Bolivia. Bolívar escribió la Constitución que él creyó ideal y la hizo aprobar por el Congreso. Sucre fue su primer presidente. Junín y Ayacucho: La primera demostró la capacidad de conducción de las operaciones. La segunda selló la libertad del Nuevo Mundo.

El general Bolívar, en carta remitida al general Canterac luego de concluida la batalla de Ayacucho decía: “La conducta de Vds. en el Perú como militares merece el aplauso de los mismos contrarios. Es una especie de prodigio lo que Vds. han hecho en este país. Vds. solos han retrasado la Emancipación del Nuevo Mundo dictada por la naturaleza y por los nuevos destinos.”

La Gran Colombia

Oficialmente, la República de Colombia fue un Estado creado por el Congreso de Angostura el 17 de diciembre de 1819 y ratificada después por su contraparte Congreso de Cúcuta de 1821, que unió a Venezuela y Nueva Granada en una sola nación, a la que se adhirió Panamá y Quito. Los dominios de la Real Audiencia de Quito ingresaron a Colombia con el nombre de Distrito del Sur. La nueva norma de Estado disponía la presencia de un intendente. El primero de ellos fue Antonio José de Sucre, hombre de confianza del Libertador. Las intermitencias impuestas por las circunstancias no permitieron que Sucre demostrara su capacidad de organizador para los servicios civiles que eran necesarios, en su defecto, las permanentes demandas de hombres para derrotar a los insurrectos de Pasto y a los realistas del Perú convirtieron su administración en un facilitador de soldados. 

En los congresos de 1824 y 1825 se definió la delimitación geográfica y jurisdiccional de Colombia, sea para el orden interno, sea para el orden internacional, adoptando como base de dicha delimitación el Uti Possidetis vigente en el año de 1810. Bajo esta consideración, la política exterior de Colombia fue orientada a la aplicación de dicha delimitación y a la organización de un Congreso Panamericano que los integre en los conflictos, en el arbitraje obligatorio, en la libre navegación en los ríos del continente, entre los más importantes. Cuando se iniciaron los problemas territoriales entre Colombia y el Perú sobre las regiones de Quijos y Mainas, el Congreso acordó negociar un Tratado de Unión, Liga y Confederación que, en su Artículo IX decía: La demarcación de los límites precisos que hayan de dividir los territorios de la República de Colombia y el Estado del Perú, se arreglaran por un convenio particular después que el próximo Congreso constituyente del Perú haya facultado al Poder Ejecutivo del mismo Estado para arreglar este punto, y las diferencias que puedan ocurrir en esta materia, se terminarán por los medios conciliatorios y de paz, propios de dos naciones hermanas y confederadas. Sin comentarios.

La Gran Colombia, a más de ser simple teoría, tuvo un principio de realidad, pero no tenía bases suficientes que sostengan su soberanía y su administración. La desorganización reemplazó al sueño bolivariano; y, tambaleante regresó a su estado natural que fue respetado por tres siglos desde el gobierno español. La Asamblea de Ocaña, reunida entre abril y junio de 1828, buscaba mejorar la Constitución de Cúcuta, fracasó. Las ideas políticas del Libertador quedaron sin vigencia como un último ensueño de unidad. El 27 de agosto Bolívar asumió la dictadura y dejó sin vigencia la Constitución de Cúcuta. Venezuela pidió y se obtuvo que la asamblea declarase a Bolívar proscrito, sin que pudiese retornar jamás a Venezuela.

Por motivaciones diversas y hasta contradictorias, los grupos dominantes regionales del Distrito del Sur fueron llegando al rompimiento con Colombia. Se han mencionado muchas causas que explicarían la desmembración del gran país ideado por Bolívar. Lo que es claro es que, al conflicto de intereses entre las oligarquías regionales, se unió la inexistencia de una clase social con capacidad para llevar adelante un proyecto nacional que fuera más allá de las presiones localistas regionales. A las causas de dispersión interna, hay que añadir la política de debilitamiento de las potencias capitalistas interesadas en que no se consolidara un gran Estado, sino unidades políticas pequeñas, débiles y manejables. 

El 20 de Enero de 1830 se reúne el Consejo Admirable ante el cual Bolívar presenta su renuncia, la misma que no es aceptada, de pronto; pocos días después y por el estado de salud del Libertador, el Congreso presidido por Antonio José de Sucre aceptó la última renuncia de quien fue el primer gobernante y único mandatario de la Gran Colombia. Sucre, engañado por los anti bolivarianos, fue inducido a viajar a Quito a fin de evitar su separación de la Gran Colombia. La verdad-dice Cevallos García- la presencia de Sucre podía impedir que los ambiciosos llegaran al poder, y para estos no quedaba más salida que la del asesinato, como de hecho ocurrió en la montaña de Berruecos. La muerte de la Gran Colombia y de sus dos creadores se había concretado. Se allanaba el camino de la codicia política de civiles y militares. En Quito, una reunión pedida a Flores por el procurador del cabildo quiteño permitió la reunión de entidades y personas representativas de la sociedad quiteña en los predios de la Universidad y redactarán, el 13 de mayo, el acta de separación de la Gran Colombia. El general Flores recibía el encargo del mando supremo civil y militar que, sin ningún derecho, le entregaban “las corporaciones y padres de familia” al proclamar “un Estado libre e independiente con los pueblos comprendidos en el Distrito del Sur”. Era la primera de aquellas inocuas y serviles “Juntas de Notables” que, al margen de la voluntad popular, la invocaban abyectamente para contrariarla. Flores había maniobrado en el grupo de aristócratas quiteños con los cuales se había vinculado por su matrimonio.

La Batalla de Tarqui

Lima había cometido provocaciones, algunas de las cuales constituían por si solas un casus belli. Entre otras: la intervención armada en Bolivia contra Bolívar y Sucre, la retención injustificada de Jaén y Mainas, el desconocimiento de la deuda militar producida en la campaña libertaria del Perú, el registro de los barcos que transitaban por aguas del golfo de Guayaquil, entre las más importantes. El Perú consiguió lo que se proponía, es decir, que Colombia le declare la guerra y aparecer como país agredido y ofendido. El 3 de julio de 1828 Bolívar publicó una proclama a los pueblos del sur, en la que establecía los cargos precisos contra el Perú. El 15 del mismo mes envió una declaratoria de guerra al gobierno peruano por actos intolerables internacionalmente.

Los vivos deseos del general Juan José Flores de iniciar la guerra contra el Perú; la elección del mariscal Lamar como presidente de dicha nación, la misma que le obligó a sostener una campaña militar que tuvo un desenlace contrario a los planes trazados por su gobierno, y adverso a las ideas imperialistas del Perú, llevaron como de la mano a un enfrentamiento inevitable de los ejércitos libertadores en una guerra que, ciertamente, nadie la quería y en la que afloraron, como secuela, traiciones y deslealtades, tanto de uno como de otro lado, y de las cuales resultó la víctima  propicia el mariscal cuencano José Lamar. 

Sobre este inmenso panel de la historia de la Gran Colombia, se distendió, violentamente, la acción de los generales de la Independencia, en un mural estratégico extraordinario que, no otra cosa fue, la batalla de Tarqui. En ella correspondió llevar el mayor peso de las responsabilidades a los dos mariscales de Ayacucho, con distinta fortuna; porque Tarqui puntualizó la contradicción permanente en la que se mantuvieron el ínclito Antonio José de Sucre, leal a Bolívar, y el más puro de sus generales y el merecedor de toda grandeza por alma grande, José Domingo de la Merced Lamar y Cortázar, el primero de los héroes de América, el primero de los mariscales de la Independencia que combatió con armas francas la dictadura grancolombiana del Libertador. La espada de Sucre, con las armas, y el coraje de sus soldados dieron paso a los magnánimos tratados de Girón y Guayaquil. Un brillante ejército desaparecido para siempre y un mariscal eclipsado políticamente, fueron los saldos inmediatos de esa batalla.

Los comisionados de Sucre que tenían la disposición de recibir la plaza de Guayaquil que había quedado en manos peruanas, el 11 de enero de 1829, luego de que la escuadra peruana al mando de un inglés llamado Jorge Guise rompió fuegos contra la población y allanó el camino para ponerla en caso de rendición, no fueron reconocidos ni atendidos. Más aún, se los rechazó, obligándoles a regresar a Cuenca. Cuando Flores se aprestaba a acometerlos estalló una revuelta en el Perú, a consecuencia de la cual fue depuesto el mariscal presidente, vencido, extranjero y mal afortunado, según decían los papeles oficiales de aquel país, viajó a Centroamérica, donde murió poco después. Guayaquil fue devuelto a la Gran Colombia al cabo de algunos meses de dolorosa ocupación.

¿El epílogo? La generosidad del invicto Sucre, burlada por el Perú desde ese mismo momento; y luego, a sostener por más de un siglo el pleito de límites entre el Ecuador, legítimo heredero de la Gran Colombia, y el Perú, vecino artero, que en su historial de sofismas y ambiciones desconoció los derechos de nuestra Patria en las riberas del Amazonas. El Ecuador debe mirar a Tarqui como uno de los episodios definitorios de su destino y recuperar lo antes posible el conocimiento de los hechos trascendentes de la patria, que mal intencionadamente, han sido conculcados en el pensum de estudios de militares y civiles. El político no puede entender el daño que produce en la institución militar cuando se apuesta contra sus valores. El socialismo del siglo XXI terminó con el civismo, asesinó la ética, y desapareció la historia. Sus consecuencias se ven, diariamente en estas horas difíciles de la patria. Es hora de recuperar el buen nombre de las Fuerzas Armadas conseguido a lo largo de la historia.

La conformación del Estado nacional

En el tratado de Girón se estipularon conclusiones obligatorias para el vencido; entre ellas, la delimitación de los dos países de acuerdo con el Uti Possidetis de 1809. Los comisionados para celebrar el tratado definitivo llegaron a Guayaquil en el mes de septiembre: Pedro Gual, por parte de la Gran Colombia, y José Larrea, por parte del Perú. Entre los puntos que convinieron los representantes figura la demarcación definitiva de las fronteras, de acuerdo con los límites de los virreinatos señalados en la Real Cédula de 1740. Se convino en la conformación de una comisión mixta que señalaría esta línea. Jamás fue marcada por parte del Perú, que se negó a mandar los comisionados que estaba obligado por el convenio de Guayaquil. Ante la ausencia, desde Bogotá se designó al general Tomás Cipriano Mosquera para que, en conversaciones con el Ministro de Relaciones Exteriores del Perú, tratara el problema fronterizo que casi llega a su término, pues fueron interrumpidas por la separación de Ecuador, de la Gran Colombia. Una vez más nos quedamos en el casi. 

Los documentos que contenían dichas conversaciones se guardaron secretamente en las cancillerías de Bogotá y Lima, hasta el año de 1904, en que por circunstancias fortuitas llegó a conocer la cancillería ecuatoriana. Sólo entonces se supo que las negociaciones habían llegado a resultado favorable, sobre la base de la línea Túmbez-Marañón, quedando solamente por saber cómo se cerraba, si con el río Chinchipe o con el Huancabamba. El 13 de mayo de 1830 nació la República “como estado libre e independiente”, sin dejar de proclamar la lealtad de la Patria al Libertador, general Simón Bolívar. Al fundarse el Estado sus rasgos nacionales fueron extremadamente débiles y contradictorios. Su nombre no fue más allá de ser una línea geodésica imaginaria. Los límites internacionales quedaron del todo indefinidos y sujetos a una centenaria historia de despojo. Lo anterior no le quita el hecho de ser un hito histórico fundamental para la historia nacional. Lamentablemente ha sido olvidado. Hay que recuperar la historia, urgentemente, y generar una nueva lectura de la historia nacional, que fue eliminada de colegios, escuelas, universidades; y lamentablemente, de las fuerzas armadas, en la funesta época correista.

Las Fuerzas Armadas son por definición y naturaleza, orden y jerarquía. Y cuando el elemento fundamentador, el orden, se torna anárquico, la vida de los pueblos peligra, las naciones se hunden y los Estados caen en la ruina. A más de la historia, el orden y la jerarquía deben ser recuperadas en el menor tiempo posible, si no queremos dejar de ser la Institución más respetada de la Patria. Las raíces de pueblos y naciones están en el pasado. No en cualquiera, por supuesto: en el suyo-decía Hernán Rodríguez Castelo-, miembro fundador de la Academia Nacional de Historia Militar. En ese pasado que nutre su presente, así como la savia alimenta el árbol; en ese pasado que los sostiene y da firmeza y solidez como raíces hondas dan firmeza y solidez al árbol. 

Sucre, caballero de la guerra, figura de dimensión enorme en el firmamento guerrero de América. En el camino del renombre y de la gloria, fue siempre adelante, nada lo detuvo; pero nada tampoco le llevó por extraviadas sendas de errores y pasiones. Desconocidos le fueron, el interés que ciega, el placer que desvía o retarda, el orgullo que aísla, la envidia que degrada, la codicia que envilece. Pichincha, Tarqui y Ayacucho, los diamantes que más fulguran en su corona.     


Conferencia presentada en la Asociación de Generales y Almirantes con motivo del Bicentenario de la Independencia del Ecuador. 17 de mayo de 2022


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